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La idea del gorila gigante no es nueva: ya en la novela Los Viajes de Gulliver (Gulliver's Travels, 1726), de Jonathan Swift, hay una idea muy similar, en concreto en el episodio "El viaje a Brobdinngnag", donde un simio gigante introduce una mano por la ventana de un edificio, recoge al inquilino, Gulliver en concreto, y parte con él, hasta encaramarse en lo alto de un edificio... Preguntado al respecto, Cooper mencionó que no conocía tal episodio del célebre libro.

Es evidente que las bondades del film no son por determinados elementos que en él confluyen, sino más bien, diríase, a la suma de todos ellos, que producen el hechizo de crear un todo mayor que sus partes. Se ha visto el film como una parábola social, como una alegoría freudiana o, en fin, como una simple fantasía aventurera y lúdica. El trabajo de animación de Willis O'Brien, la puesta en escena poderosa y efectiva de Schoedsack y Cooper, la atmosférica partitura de Max Steiner –que comienza cuando el barco se interna en la niebla: la realidad carece de música diegética, hasta que los personajes incursionan en el onírico mundo de la Isla de la Calavera-; todo, en suma, conduce a que King Kong (King Kong, 1932) sea una de las grandes películas de toda la historia del cine, amén de, por supuesto, como dijo Carl Denham, la Octava Maravilla del Mundo...

El gran éxito de público condujo a que, de inmediato, la productora avalara una secuela, El Hijo de Kong (Son of Kong, 1933). En un principio, el proyecto contaba con ciertas pretensiones y, parece ser, era en cierto modo una superproducción.
En el último momento los ejecutivos de la R.K.O. se echaron atrás y redujeron drásticamente el proyecto, reduciendo de paso las posibilidades técnicas del proyecto. Se dice que Willis O'Brien abandonó el film debido a estas restricciones, pero en realidad fue debido a graves problemas familiares. Su esposa enloqueció y asesinó a sus dos hijos adolescentes a tiros, intentando suicidarse después; la mujer acabó sus días en un manicomio, víctima del cáncer y la tuberculosis(2).

O'Brien, como en el film anterior Wallace, figuró en los créditos pese al abandono, y los trucajes corrieron a cargo de Marcel Delgado, Mario Larrinaga y Buzz Gibson. El Hijo de Kong supuso, en todos los sentidos, una versión menor de la previa: menor es su metraje, menores su pretensiones, menores su logros, menor su intérprete principal...
El hijo de Kong es un misterioso descendiente del simio anterior, sobre cuya maternidad mejor será que seamos discretos y, pese a la mala fama que acarrea el film, en absoluto cabe despreciarlo taxativamente; otras son las intenciones, por lo cual cabe analizarlo en exclusiva desde ésas, que no son otras que las de ser un mero producto aventurero, menor, pero en absoluto despreciable.
