Indiana Jones y la última cruzada (1989)
Tuvieron que pasar cinco años para que Harrison Ford volviera a vestir la cazadora de Indy y ponerse su Fedora en busca de nuevas aventuras. Era ya uno de los actores mejores pagados de Hollywood, ya que en este lapso de tiempo recrearía algunos de sus más recordados personajes en
Único testigo,
La costa de los mosquitos,
Armas de Mujer o
Frenético, tal vez papeles que le separasen del papel de héroe de acción que retomaría con más ímpetu que nunca.
Spielberg, por su parte, volvió a saber lo que era el fracaso con dos obras también con intenciones artísticas muy alejadas de la Saga de Indy; por una parte el monumental batacazo con la romántica
Always, y por otra, el rechazo comercial de un magnífico retrato bélico sobre la infancia con la adaptación de la biografía de
J.G. Ballard en
El Imperio del Sol.

Lucas, por su parte, tampoco había afinado mucho en sus proyectos como productor, ya que películas como
Howard, el pato,
Ewoks o el proyecto de su amigo
Francis Ford Coppola ‘Tucker, un hombre y su sueño’ tampoco habían contado con el apoyo del gran público, aunque sí funcionaran
Dentro del Laberinto o
Willow.
Indiana Jones y la Última Cruzada significaba así la vuelta a por los fueros comerciales y un reconstituyente para los tres nombres propios de la franquicia. Una jugada segura.

Para esta tercera (y última, por aquel entonces) parte de la trilogía, Lucas y Spielberg llevaron a la gran pantalla el guión de
Jeffrey Boam, que hasta el momento había adquirido cierto prestigio con el éxito de algunos de sus libretos como los de
La Zona Muerta, de
Cronenberg o algunas cintas más comerciales de la época como
El Chip prodigioso, de
Joe Dante y
Jóvenes Ocultos, de
Joel Schumacher.
Como esta nueva entrega debía ser un éxito sin concesiones al riesgo, se jugó sobre seguro y no se dejó espacio para la filigrana multigenérica, como se había hecho en
Indiana Jones y el Templo Maldito. Se centró la atención en algo que hasta entonces había permanecido ajeno al personaje; su propia exploración dentro de una ampliación biográfica que se valía del habitual prólogo ubicado en Utah, en 1912, para mostrar al espectador el entusiasmo arqueológico de un adolescente Indiana interpretado por el malogrado
River Phoenix, dando ciertas pistas de claro corte nostálgico sobre algunos de la grafía iconográfica del héroe, presentando a un padre incorpóreo absorto en sus estudios que no tiene tiempo para escuchar las historias de su hijo al que hace contar hasta veinte en griego.
También se juega a reconstruir el origen de su cicatriz en la barbilla, de su ofidiofobia o la primera toma de contacto con el látigo y el regalo del sombrero que le acompañará en sus aventuras, el mismo que sirve para situar a
Jones en la costa portuguesa persiguiendo la
Cruz de Coronado, la misma joya del inicio, conectando tiempos y reiterando la misma estructura que
En busca del Arca Perdida, con la que esta nueva aventura tiene tantos puntos en común.
Cabe destacar la introducción de alguna novedad para agilizar y renovar el sentido épico del aventurero, como la disposición de una acompañante femenina que difiere a sus otros dos referentes. Esta vez no es una aliada ni una chica florero, sino que se perfila la ‘femme fatale’ del género negro, sin bando definido más que aquel que sacie sus deseos, en este caso de poder. Una fría mujer austriaca sin principios ni respeto hacia la historia interpretada por
Allison Doody.

No obstante, se devuelve al célebre profesor al ambiente universitario y docente de la primera parte, así como la recuperación de personajes desaparecidos en la primera secuela, como Marcus Brody y Sallah y se adhiere a un personaje clave para el éxito del filme, el de Henry Jones, progenitor de Indy, interpretado por
Sean Connery, curiosamente el Bond original.
Porque
Indiana Jones y la Última Cruzada aborda la búsqueda del Santo Grial por todo el mundo, hasta su ubicación en Alejandreta o İskenderun (concretamente en Petra, Jordania) con el desarrollo de una leyenda artúrica que mezcla interrogantes sobre la Fe y el teologismo, que no es más que una metáfora del alejamiento paternofilial de Indiana Jones y su padre, de la relación perdida entre ambos y que será solventada con el descubrimiento de la copa utilizada por Jesús en la Última Cena y en donde se supone que José de Arimatea vertió su sangre en la cruz.
La historia de nazis, traiciones, viajes e investigaciones históricas representan, otra vez, la materia esencial de las historia de la Saga; la utilización de un poderoso ‘McGuffin’, ya sea el Arca de la Alianza, las Piedras Sagradas de Shankara o el Santo Grial, excusas argumentales que motivan a los personajes y al desarrollo de una historia que, si bien tienen el peso fundamental sobre estos elementos, en realidad carecen de relevancia por sí mismos.
Aquí, poco importa que todos vayan detrás del cáliz santo, ya que lo verdaderamente importante es el reencuentro entre padre e hijo. También se pone a prueba el agnosticismo de Indy, enfrentándolo frente a las firmes creencias de su padre y colisionando en su idea de toda reliquia antigua debe ser expuesta en un museo.

Spielberg utiliza el cuestionamiento paterno, humanizando el héroe a través de los ojos de su padre, para abordar la temática arqueológica, volviendo al funcional esquema narrativo clásico de este tipo de aventuras, proyectada con la omnisciencia del genio visual únicamente siguiendo el camino para conmocionar al espectador mediante la creación de situaciones de acción acumulativas.
Indiana Jones y la Última Cruzada persiste en una métrica estimulada por las interpretaciones de Harrison Ford y Sean Connery, confrontados en un pasado por la falta de afecto y comunicación, pero unidos en sus discordantes ideologías en un mismo fin.
Aquí, Indy no tiene el mando de la situación, Basta recordar ese plano en el que el padre le da una torta a su hijo como si de un niño se tratase. La figura del padre y del hijo y su relación es retratada desde la comedia, definida en un universo imperfecto donde la búsqueda del tesoro va más allá de la alcance de la pieza histórica de turno y donde no es tan importante la dicotomía entre el Bien y el Mal.
Fue el reencuentro con un cine comercial que ahogaba sus últimas gotas de genialidad con el final de la década, dejando para el recuerdo algunas de escenas de explosiones, persecuciones a caballo entre tanques y bombas o inolvidables ‘gags’ que hicieron de esta última función un homenaje a la propia trilogía, con un afectivo ‘happy end’ que siempre dejó al espectador (convertido en fan de estas tres películas) con ganas de más, como las grandes gestas cinematográficas.
Un final que todos intuyeron como punto y aparte… Hasta el día de hoy.